
Lección 05 – Brillar como luces en la noche
Dios dijo a los hebreos que su obediencia a la voluntad divina sería «su sabiduría y su inteligencia ante las naciones, que al oír todas estas leyes dirán: “¡Qué pueblo sabio y entendido, qué nación grande es esta!”» (Deut. 4: 6).
Siglos más tarde, Jesús dijo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8: 12). También dijo: «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no puede esconderse» (Mat. 5: 14). ¿Cómo podemos ser esa luz? Solo mediante una estrecha relación con Jesús, «la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» (Juan 1: 9). Como dice Filipenses 2: 9 al 11: «Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla […] y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor».
La luz y el poder del Cielo están disponibles para quienes hemos entregado nuestra vida a Jesús, pero con demasiada frecuencia esperamos que Dios haga también nuestra parte o permitimos que nuestras propias ideas y planes se interpongan en el camino; de allí que las palabras de Pablo a los filipenses sean tan pertinentes hoy.